miércoles, 29 de agosto de 2012
El textil artesanal y su significación (fragmento)
Podemos observar de manera clara en el
trabajo artesanal y artístico dos aspectos: uno referido a los materiales con
los que se trabaja y otro referente a las ideas o invenciones del individuo que
realiza la actividad. Los materiales serían el vehículo por medio del cual se
muestra de forma objetiva y tangible el resultado de su manipulación. Esta
manipulación que de los materiales realiza el individuo es lo que permite al
objeto surgir, mostrar el concepto o la significación de lo que se quiere
decir, la expresión de quien trabaja con ellos.
A lo largo de la historia, el individuo
que expresa ha querido mostrar una parte de sí mismo, de lo que piensa del
mundo, una emoción, una capacidad, o algo que quiere exteriorizar. Intenta
poner en los objetos que produce las interpretaciones que ha hecho respecto de
la naturaleza o de actitudes humanas que llaman su atención, interpretaciones
del mundo en que vive, todo lo que significa para él.
Según Roland Barthes,[1]
los productos culturales pertenecen al rango de los significados, no al de los objetos.
La artesanía, sin dejar de mantener una condición de objeto, se enfoca al
contexto de sus materiales, los vincula a un sentido que proviene fundamentalmente
de su utilidad o su aplicación ornamental.
Según la propuesta de Benjamín Valdivia,[2]
para diferenciar los objetos culturales conforme a su significado, “los grupos sociales responden variablemente
a una de tres formas de transferencia de significado, a saber: aumento,
disminución o conservación”.
La clase de producciones culturales que
tienen como propósito la conservación de sus significados proceden conforme a
lo siguiente:
...una gran cantidad de
manifestaciones expresivas tiene una larga duración en cuanto a sus estilos,
modelos y métodos de producción. Se trata de reiteraciones tradicionales. Por
ejemplo, la cerámica producida por las comunidades indígenas. En este tipo de
objetos la intención y el objetivo es continuar la actividad efectuada por
generaciones anteriores. (...) ninguno de los productores pretendería ser un
creador original de significados (...) el autor de los contenidos expresivos de
ese tipo de objetos, no es la persona, sino la comunidad; y no la comunidad
presente sino el continuo de habitantes de la localidad.
(...) los individuos concretos
elaboran físicamente los objetos. (...) la serie indefinida de pobladores [es]
quien precisa los elementos composicionales de esos objetos.[3]
Es aquí donde situaríamos las obras
llamadas folclóricas, que se apegan a la manera tradicional de trabajar los
materiales y a los modelos que se vienen haciendo en una comunidad desde épocas
pasadas. Los objetos pueden ser utilitarios o de adorno, y los significados se
remiten a valores simbólicos que incluso pueden haber perdido su contenido,
pero que siguen ligados como identidades de la comunidad que los produce. Los
símbolos o patrones se repiten, algunas veces ya sin conocer su sentido
primigenio o cuando ya ni siquiera permanecen como símbolos; los productores
folclóricos siguen las técnicas, usadas sin ninguna crítica, sólo por puntual repetición
de la actividad ancestral de la comunidad.
Este puede ser el caso de las artesanías,
o de las pinturas que evocan símbolos de civilizaciones antiguas; también las
vasijas o blusas bordadas que se elaboran en las diversas comunidades como
indumentarias distintivas de esa región o grupo. En el campo de los textiles
serían ejemplo los rebozos tejidos en telar de cintura o los encajes tejidos
por las bolilleras, los edredones tradicionales de algunas regiones, e incluso
los tejidos y bordados decorativos que reproducen escenas típicas en la región
que los produce.
Otra forma de transferencia de
significados iría en rápido ascenso para luego llegar a una drástica
disminución, comandados por la moda:
[es] ...otro tipo de
significación que no busca conservar los valores tradicionales. No tiene como
procedimiento el anonimato pero continúa con una tendencia a la falta de originalidad.
(...) Los productos significativos de este tipo, adquieren una rápida presencia
(...) sólo para ser desechados al término de una temporada.[4]
Este tipo de producción da origen a lo que
se ha llamado arte popular. Surgen nuevos ritmos, canciones, estilos e imágenes
que se representan en diversos medios, con un sentido de pasatiempo, ya sea en
la música, la pintura, el espectáculo, los tejidos o el diseño, pero todo va
dirigido a su pronto consumo masivo; y se llega a una homogeneización de estos
géneros. Todo ello está ligado con la moda y desaparece pronto. Siempre se está
renovando, pero no tiende a la originalidad sino a que la masa adopte pronto el
significado propuesto.
Como ejemplo, los talleres europeos donde
se hacían los gobelinos (que eran tapices muy finos tejidos en telares
verticales y horizontales), dictaron durante mucho tiempo la forma de trabajar
el textil, debido al gran auge que tuvieron gracias al apoyo de la realeza.
Plasmar con hilos teñidos las escenas o figuras que creaban pintores famosos,
se consideraba la mejor manera de utilizar los materiales textiles; y, al ser
producto subsidiario de la creación de un artista, muchos de ellos fueron
admirados como arte. Para aquel momento significaban estatus para quien encargaba
su confección, al ser poseedor de algo bello, aunque de modo supletorio; y las
escenas que se representaban en aquellos textiles casi siempre tenían un fin
instructivo, ya fuera el conocimiento simbólico o mitológico de los blasones de
alguna familia noble o la conmemoración de algún momento notable en la vida de
un personaje, como también las escenas que, solicitadas por miembros del clero,
comunicaban de forma gráfica aspectos de la doctrina que se quería reforzar en
la mente de los creyentes y, aparte, servían para proteger las habitaciones
cubriendo las frías paredes. Mostraban, de cualquier manera, los elementos
propios de la época y de la sociedad en que se producían, para perder su
sentido al paso de dicha época.
En la producción textil popular actual, el
mejor ejemplo serían las piezas tejidas en telar representando el emblema de un
equipo de fútbol o cualquier personaje televisivo o caricaturesco, o con la
imagen típica de la casita o el florero. Estas obras generalmente se producen
en cantidades reiterativas y la masa de consumidores se identifica con ese
significado y no se cuestiona nada con su contenido. Después de un tiempo, el
significado se pierde, pues ya pasó de moda, y llega a ser obsoleto; aunque de
inmediato es reemplazado por un nuevo objeto de consumo con características
similares.
El último tipo de significación en los
productos culturales es el que iría en aumento:
Su origen normal no es la
masa. Se desarrolla en las élites culturales. Se da en un tipo de objetos cuya
significación no se agota rápidamente a pesar de que no reitera el valor
tradicional. Al contrario, conforme pasa el tiempo, su producto se revela como
una pieza de mayor sentido, de significación creciente.
(...) tiene un autor
individual identificable. En el caso de que el significado tenga un aumento, es
notorio que lo hace no por la mera producción de sentido residente en el objeto
físico, sino que estos objetos permiten una asociación de significados
subsidiarios que se agregan al objeto mismo en tiempos sucesivos.[5]
Esta categoría de significación sería la
del arte entendido como “bellas artes”: la significación aumenta con el tiempo
y se le van agregando nuevos sentidos, enriqueciendo su contenido y percepción.
Por ejemplo, Don Quijote significa
más en nuestros días que en el tiempo cuando fue escrito.[6]
Los artistas crean e inventan continuamente, pero su consumo no es masivo ni
depende de la moda para surgir y ser apreciado. La intención también cambia;
los productos de este tipo no se hacen para ser usados en algo, sino por la
pura expresión y para ser contemplados; y no son útiles ni ornamentos. En el
caso de los textiles se incluirían aquí los trabajos hechos con hilo y/o
fibras, tejidos que no buscan ser útiles ni ornamentales además de que
contienen otro tipo de trabajo técnico y se expresan de manera distinta a los
dos anteriores modos ya señalados (a saber: no son folclóricos ni populares).
El textil contemporáneo no sería entonces una expresión que surja de la masa,
ni que obedezca a la moda, sino que se apropia de las características de los
materiales para ofrecer una suma de propuestas en la búsqueda de nuevos
significados.
[1] Barthes, Roland. Empire of signs, 1983. Ed. Firrar, Sraus
and Groux, Nueva York.
[2] Valdivia, Benjamín. “Algunos criterios para la formulación de
políticas culturales”. Colmena
Universitaria # 81, Universidad de Guanajuato, agosto de 2003. p. 71.
[3] Valdivia, op. cit., 2003,
p. 72.
[4] Valdivia, op. cit., 2003,
pp. 72 y 73.
[5] Valdivia, op. cit., 2003,
p. 73.
sábado, 7 de julio de 2012
sábado, 17 de septiembre de 2011
Primer Seminario del Sarape
Evento en el que se reunieron tejedores de sarape, antropólogos, restauradores, gente de museos, investigadores, coleccionistas e impulsores del tejido para intercambiar opiniones acerca de los problemas que enfrenta actualmente este oficio. Fue una experiencia muy enriquecedora por el intercambio de diferentes perspectivas de acercamiento al tejido artesanal.
lunes, 23 de mayo de 2011
Reflexiones sobre el textil como arte
Mi tesis de Maestría "Lineamientos Estéticos del Textil Contemporáneo" ha dado pie a la realización de una ponencia, un artículo y posiblemente a la publicación del texto completo, pues ha tenido aceptación entre la gente que está interesada en ver el textil como arte y no sólo como artesanía.
lunes, 16 de agosto de 2010
escultura textil
jueves, 9 de octubre de 2008
lunes, 30 de julio de 2007
VUELO
Al horizonte ficticio se dirige
ese pájaro de sílice marino.
Apenas con la punta de las alas
toca la superficie del océano.
Atisba la hondura entre las olas
y resiste el llamado del coral.
Sabe que la distancia no se acorta
si decide volar hacia lo bajo,
por eso apoya su pecho contra el viento
y recompone la ruta hasta su nido.
ese pájaro de sílice marino.
Apenas con la punta de las alas
toca la superficie del océano.
Atisba la hondura entre las olas
y resiste el llamado del coral.
Sabe que la distancia no se acorta
si decide volar hacia lo bajo,
por eso apoya su pecho contra el viento
y recompone la ruta hasta su nido.
viernes, 15 de junio de 2007
lunes, 28 de mayo de 2007
Mi poesía
INVASIONES
Es un lazo de tedio
el que se lanza por la tarde.
Anudado en la sequedad
de este cuarto olvidado por todos,
trata de acercar hacia ti
el viento perfumado
de los lirios insomnes.
El agua de los estanques
se estrella en la ventana
y en esa transparencia
recorren el camino
los pechos fugitivos.
Nada se queda quieto,
el sol pretende regresar hacia el oriente;
la luna se desgasta
y las luciérnagas acuden a mirar
otra luz más potente.
Aquel lazo, aquel desgano
acaban por romperse
ante el fragor de tantas invasiones.
Es un lazo de tedio
el que se lanza por la tarde.
Anudado en la sequedad
de este cuarto olvidado por todos,
trata de acercar hacia ti
el viento perfumado
de los lirios insomnes.
El agua de los estanques
se estrella en la ventana
y en esa transparencia
recorren el camino
los pechos fugitivos.
Nada se queda quieto,
el sol pretende regresar hacia el oriente;
la luna se desgasta
y las luciérnagas acuden a mirar
otra luz más potente.
Aquel lazo, aquel desgano
acaban por romperse
ante el fragor de tantas invasiones.
lunes, 21 de mayo de 2007
POESIA
Una muestra de mi poesía:
TRAVESÍA
Me gustaría ver
un barco navegando en esta acera;
escuchar el oleaje
cuando doblo la esquina;
encontrar mil cangrejos
en el parque;
llenar de un gran otoño
la cesta del mandado.
Acomodar entonces
mis pasos en tu playa
y al contemplar el mundo
no temer la rompiente.
TRAVESÍA
Me gustaría ver
un barco navegando en esta acera;
escuchar el oleaje
cuando doblo la esquina;
encontrar mil cangrejos
en el parque;
llenar de un gran otoño
la cesta del mandado.
Acomodar entonces
mis pasos en tu playa
y al contemplar el mundo
no temer la rompiente.
domingo, 20 de mayo de 2007
Comparto con ustedes este artículo sobre el textil en el México colonial. Se publicó en el número 8 de la revista Pandora cultural (Guanajuato, mayo de 2007, pp. 4-8)
***
EL TEJIDO EN LA ÉPOCA COLONIAL
Eugenia Yllades
Eugenia Yllades
Los primeros tiempos
Con la llegada de los españoles, las costumbres y tradiciones de los indígenas de América sufrieron un cambio drástico y la estructura de su sociedad se vio profundamente alterada. En un principio, los frailes que llegaron con el propósito de evangelizar a los nuevos pueblos, tuvieron que observar y aprender de la manera de vida indígena para poder transmitir los contenidos de la religión que venían a implantar. Esto permitió que pudiéramos conservar registros del estado que tenían las cosas cuando llegaron los europeos y si bien hubo muchas pérdidas en cuanto a costumbres, por lo menos conocemos de ellas por las relaciones que hicieron los monjes y los conquistadores.
La cultura hispánica se asentó en México y comenzó el adiestramiento de los indígenas en los oficios necesarios para satisfacer la producción de artículos de consumo para la recién integrada sociedad novohispana. La habilidad de los indígenas para aprender y ejecutar artes manuales quedó constatada y registrada en los diversos testimonios de los cronistas tanto de la época de la conquista, como de todo el periodo colonial. Varios de los frailes que describieron las enseñanzas dadas a los indios nos hablan de casos en los que por mera observación, sacaban las ideas que se trabajaban en los talleres de los maestros españoles y sin decir palabra, iban a su pueblo y construían los instrumentos necesarios y ponían en práctica el oficio logrando resultados excelentes y sin haber recibido ninguna instrucción directa.
Uno de los oficios traídos por los españoles y que posteriormente contribuiría a desarrollar una de las manufacturas más importantes de la economía colonial, fue el de tejedores. Las nuevas técnicas y fibras traídas del continente europeo para la fabricación de telas cambiaron el concepto que se tenía en el mundo prehispánico sobre el tejido, aunque la tradición indígena supo conservar su propio modo de tejer. Antes de la llegada de los españoles, se elaboraban tejidos usando materiales tales como el algodón mexicano llamado ichcatl, pelo de conejo, plumas preciosas y henequén. Muy elocuente al respecto es la descripción que hace fray Diego Durán en su obra Historia de las Indias de la Nueva España, donde nos da una idea de la producción de textiles indígenas. [1]
Desgraciadamente el algodón mexicano se cultiva actualmente en muy pocos lugares y sólo en dos variedades de color blanco, una verdosa y otra en tonos de café claro hasta rojizo, y suponemos que en tiempos de la conquista se cultivaba en más colores por testimonios de algunos frailes como Bernardino de Sahagún. El algodón mexicano, hoy ha desaparecido de las zonas en que hace poco se encontraba sin mucho esfuerzo y una de las causas puede ser que los científicos mexicanos no han tenido interés en conservar y mejorar su cultivo.[2]
En Mesoamérica, antes de la conquista, los indígenas utilizaban el telar de cintura para elaborar sus telas y se han encontrado además telares montados en la tierra. La llegada de los españoles trajo consigo un cambio sustancial en la actividad textil. Las telas que valoraban más eran hechas con lana y con seda y despreciaron las de algodón trabajadas por los indios, a excepción de los acolchados que usaron como indumentaria defensiva, y no fue hasta muy entrada la colonia, es decir a finales del siglo XVII, cuando los españoles apreciaron de nuevo las ventajas de dicha fibra.
En el México prehispánico, la entrega de tributos era algo natural entre las sociedades que eran dominadas por un estado superior, es por eso que cuando los españoles reclamaron su parte de los bienes que los indígenas tenían, no hubo resistencia, pues se habían convertido en los nuevos dominadores. En tiempos prehispánicos, las mantas y telas que se entregaban formaban una parte importante del grueso del tributo y las crónicas de ese tiempo nos permiten imaginar la variedad y el tipo de telas y bordados que hacían los indígenas.
Los encomenderos, es decir, los españoles que tenían a su cargo grandes extensiones de tierras con todo y los pueblos que ahí vivían con la encomienda de evangelizarlos y velar por ellos, recibieron hasta 1570 grandes cantidades de tejidos y ropa como tributo y la mayoría era realizada en los talleres domésticos y en ello participaba toda la familia utilizando los instrumentos antiguos de los nativos, tales como el telar de cintura y los malacates.[3] Fray Toribio de Benavente nos da una descripción de las ofrendas que los nativos ofrecían en las iglesias de Tlaxcala destacando la importancia de los textiles en las ceremonias religiosas.[4]
El periodo colonial
Durante la época colonial convivieron varias formas de producción textil: por un lado, los tejedores indígenas que en la antigua tradición eran casi exclusivamente mujeres que con malacate y telar de cintura elaboraban los vestidos de la familia. Estos talleres familiares perduraron y conservaron su técnica, aunque comenzaron a tejer con lana las prendas típicas y muchas veces incorporaban en su vestuario las prendas utilizadas por los españoles, sobre todo en el caso de los hombres, que cambiaron su indumentaria para no sufrir la segregación cuando tenían contacto con los grupos dominantes. Generalmente, la producción de estos talleres iba destinada al consumo local y a pagar los tributos que se entregaban a los españoles, aunque se conoce de intercambios de productos entre las diversas comunidades indígenas.
Por otro lado, funcionaban también los talleres de artesanos que establecieron los inmigrantes españoles, en los que trabajaban únicamente hombres y que formaban parte de un gremio que tenía una reglamentación específica y en el cual se adiestraba a los aprendices en las artes del tejido. Estos talleres comenzaron en la Nueva España muy tempranamente, pero no pudieron competir con la alta producción de los obrajes y los precios más bajos de la mercancía elaborada por los indígenas. Las telas y prendas hechas en estos talleres se distribuían en mercados locales o regionales.
Por último estaban los obrajes que eran organismos de trabajo varonil concentrado, es decir, lugares que tenían una mayor producción y utilizaban mano de obra barata que en la mayoría de los casos la proporcionaban obreros que eran forzados o comprometidos por deudas con el dueño del obraje. Aquí se producía el grueso de la producción necesaria para satisfacer las necesidades de telas en la Nueva España y las mercancías se distribuían en mercados amplios y que brincaban las fronteras del país.
Los obrajes
Los obrajes fueron células de producción que surgieron poco después de la conquista. Los propietarios eran generalmente españoles que instalaban varios telares y conseguían trabajadores para lograr una producción constante. Al principio se utilizó mano de obra indígena, pero las altas autoridades españolas intentaron evitar el trabajo indígena y las regulaciones de 1609 prohibieron la apertura de nuevos obrajes sin permiso de la corona.
Son variados los testimonios que se encuentran respecto a las condiciones de los obrajes y la de Alejandro Von Humboldt[5] nos dice que ahí convivían los criminales que pagaban pena y los obreros “libres”.
A veces, se contrataban encargados que fueran reclutando hombres para llevarlos, generalmente con engaños al obraje y una vez ahí, no se les permitía salir. Se tiene evidencia de que también había obreros que podían salir un día a la semana, pero debían volver y no podían cambiar de centro de trabajo ejerciendo así un control por medio de las deudas, pues hasta que pagaran lo que debían no podían contratarse para trabajar en otro lugar, so pena de recibir penas más severas por parte de la justicia.
El obraje era un centro complejo de producción, pues ahí se realizaban todas las fases del proceso textil, y por lo tanto existía una división del trabajo muy definida. Ahí se preparaba la lana, se hilaba y se teñía para después tejerla y sacar las telas ya terminadas. La tecnología traída por los españoles facilitaba la producción en mayor volumen y era una inversión importante la que se manejaba en el funcionamiento del obraje, además de que gracias al amplio mercado que se manejaba las ganancias valían la pena.
Debido a la gran producción de lana y a las inversiones de los inmigrantes, los obrajes se multiplicaron rápidamente y para 1604 había ya una buena cantidad de ellos funcionando tanto en la ciudad de México, como en Tlaxcala, Texcoco, Cuernavaca, Querétaro, etc.[6]
La producción textil tenía una estrecha relación con las actividades de los comerciantes y los mineros. Los primeros se encargaban de llevar el producto a los puntos de venta, pero a finales del siglo XVI, el comercio tomó otros cauces y se compraban telas provenientes de Asia para confeccionar sombreros y otras prendas que se revendían luego en Sudamérica y dejaban excelentes ganancias para los comerciantes. De la misma manera, la cantidad de metal circulante se convirtió en un serio problema ya avanzada la colonia, pues casi toda la plata acababa en China donde era más apreciada que el oro. Todo lo anterior trajo como consecuencia disgustos para los dueños de los obrajes y sobre todo para el fisco español, que veía disminuidos sus ingresos por el contrabando y la fuga de metales hacia el oriente.[7]
Los sastres también tenían un lugar importante en la producción textil, pues eran los encargados de confeccionar las prendas utilizadas por los habitantes de la Nueva España. Los testimonios nos dicen que los españoles y también las otras castas desarrollaron un gusto peculiar por el lujo en la vestimenta, a tal grado que se emitieron ordenanzas para regular el lujo que se usaba en los vestidos.[8] Esto era posible gracias al ingenio y la habilidad de los sastres, oficio que les estaba permitido ejercer a los indios y del cual sacaron gran provecho como nos dice fray Toribio de Benavente cuando nos habla de los oficios que los indios practicaban con maestría.[9]
El establecimiento de una nueva estructura en la sociedad que se conformó con los españoles, los indígenas y los negros, hizo desaparecer oficios que existían en la sociedad azteca; por ejemplo, los tejedores de pluma casi desaparecieron pues ya no se tejían penachos ni trajes para la clase guerrera y los emperadores, y como los sacerdotes de los antiguos templos ya no existían, cambiaron los diseños que anteriormente contenían un profundo significado y se bordaban en la ropa utilizada por ellos. De igual manera, los cambios en la indumentaria fueron evidentes, pues los frailes, preocupados por la desnudez en que encontraron a los nativos, establecieron el uso de prendas que cubrieran más, tales como el calzón en lugar del taparrabos o la blusa para las mujeres, pues en algunos lugares acostumbraban traer los pechos descubiertos.
Los obrajes sobrevivieron a las crisis y depresiones que se presentaron durante la época colonial gracias a la tecnología y por el modo de producción más flexible y funcional. Además tenía tras de sí toda una tradición textil en la que podía apoyarse gracias a la existencia de los talleres y la actividad de los tejedores indígenas. Lograron también seguir existiendo a pesar de las importaciones y las múltiples trabas que se les imponían por parte de la real hacienda y también a que no estaban sujetos a tantas restricciones como se les ponían a los gremios, los cuales vieron cada vez más limitada su actividad hasta que finalmente fueron suprimidos a principios del siglo XIX.
BIBLIOGRAFÍA:
De Benavente Motolinía, Toribio. Relaciones de la nueva España. UNAM. México, 1994.
Gómez-Galvarriato, Aurora (coord.) La industria textil en México. Instituto Mora. México 1999.
Haring, C. H. El imperio español en América. CONCA y Alianza Editorial. México, 1990.
Israel, Jonathan I. Razas, clases sociales y vida política en el México colonial 1610-1670. FCE. México, 1980.
Lechuga, Ruth D. El traje de los indígenas de México. Edit. Panorama. México, 1997.
Romero Giordano, Carlos. “El algodón coyuche: un legado casi extinto”. México desconocido. No. 263. Año XXIII. México, 1999.
NOTAS:
[1] Durán, Diego. Historia de las Indias... p. 135
[2] Romero Giordano, Carlos. “El algodón...” p.22
[3] Miño Grijalva, Arturo. “¿Protoindustria colonial?” p. 39. En: Gómez-Galvarriato, Aurora (coord.) La industria textil en México
[4] Benavente, Toribio. Relación... p. 51 y 52
[5] Cfr. Haring,C.H. op. cit. p. 334.
[6] Jonathan, Israel. Razas... p. 30
[7] Idem.
[8] Lechuga, Ruth El traje... 1997.
[9] Venavente, fray Toribio op. cit. p. 143
Gómez-Galvarriato, Aurora (coord.) La industria textil en México. Instituto Mora. México 1999.
Haring, C. H. El imperio español en América. CONCA y Alianza Editorial. México, 1990.
Israel, Jonathan I. Razas, clases sociales y vida política en el México colonial 1610-1670. FCE. México, 1980.
Lechuga, Ruth D. El traje de los indígenas de México. Edit. Panorama. México, 1997.
Romero Giordano, Carlos. “El algodón coyuche: un legado casi extinto”. México desconocido. No. 263. Año XXIII. México, 1999.
NOTAS:
[1] Durán, Diego. Historia de las Indias... p. 135
[2] Romero Giordano, Carlos. “El algodón...” p.22
[3] Miño Grijalva, Arturo. “¿Protoindustria colonial?” p. 39. En: Gómez-Galvarriato, Aurora (coord.) La industria textil en México
[4] Benavente, Toribio. Relación... p. 51 y 52
[5] Cfr. Haring,C.H. op. cit. p. 334.
[6] Jonathan, Israel. Razas... p. 30
[7] Idem.
[8] Lechuga, Ruth El traje... 1997.
[9] Venavente, fray Toribio op. cit. p. 143
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